Oxfam: el problema no son las prostitutas, son las ONG

Han pasado unos días desde la publicación del Times que denunciaba la conducta de cooperantes de Oxfam en Haití. Las reacciones no se han hecho esperar, pero hasta la fecha han sido decepcionantes: los análisis se centran en la conducta de los altos cargos, en los mecanismos de control interno o en cómo afectará la noticia a Oxfam. Con la notable excepción de Gustau Nerín en el Nacional, nadie se ha atrevido a pasar la frontera y hacer preguntas más profundas. ¿Para qué y a quién sirven las ONG? ¿Es la ayuda humanitaria un mecanismo útil para el desarrollo de los países pobres?

La segunda pregunta merece una respuesta rotunda que hay que repetir con absoluta vehemencia. No. Si sirvieran para desarrollar los países, Senegal, Níger o Burkina Faso deberían estar bien; sin embargo, están entre los más pobres. La derecha y la izquierda europeas suelen tener el mismo mecanismo para justificar esta realidad: los millones no llegan porque se pierden por el camino. Centrémonos en África, el continente póster de la industria humanitaria. La explicación estándar es que la ayuda humanitaria funcionaría si no fuera por la corrupta intervención de los africanos. Es aquí donde hay que poner sobre la mesa otro enunciado: aunque no se perdiera nada de los 134 800 millones de dólares que mueve la industria humanitaria, los países receptores de ayuda seguirían siendo pobres.

Los países africanos mantienen todavía economías coloniales, es decir, son productores de materias primas que los países ricos necesitan. Por otro lado, consumen los productos manufacturados que no fabrican. En consecuencia, 51 de los 54 países africanos tienen cuentas corrientes negativas. Esto no es casualidad, sino el resultado directo del colonialismo. Hay más factores a tener en cuenta: las materias primas compiten entre ellas y tienden a caer, y su precio se suele decidir por la demanda de los países -ricos- consumidores. El precio de las manufacturas, con industria y tecnología detrás, lo deciden las empresas productoras. Si gastas más de lo que ingresas, pides un crédito. Es aquí donde entran en escena el FMI y el Banco Mundial.

Para recibir los créditos que necesitan para salvar las finanzas nacionales, los países africanos deben comprometerse a una serie de medidas. Fue así como en los años 80 los sistemas educativos y sanitarios quedaron completamente destruidos. Esos planes de ajuste estructural sugerían que los africanos debían centrarse en la agricultura y dejar de subsidiar la industria. Les obligaron a privatizar empresas estatales, a despedir a sus maestros y a sus médicos y a abandonar cualquier pretensión de construir una industria propia. Con las exportaciones agrícolas, podrían pagar sus deudas con el FMI y el Banco Mundial. Ambos organismos presionaron a todos los países para que cultivaran lo mismo, devaluaran sus monedas y abrieran su mercado a los productos occidentales. Las deudas se pagaban en dólares. El sistema explotó y algunos países lograron que les perdonaran parte de la deuda a cambio de aplicar las mismas medidas que les habían llevado al desastre. Si exportas 1 e importas 6, te endeudarás siempre. Si la deuda se paga en dólares y tu moneda se devalúa -siendo optimista- cada diez años, desconozco cómo figura que vas a pagarla. Por eso, y sumando el fraude fiscal, África pierde más dinero del que gana en su relación con Occidente y no al revés.

30 años después de esos planes de ajuste, los precios del cacao o del oro son inestables, los coches son más caros que los cacahuetes y los africanos son pobres.

Y quien se mueva no sale en la foto. Thomas Sankara dijo en julio de 1987 que Burkina Faso no pagaría su deuda, y animó a otros líderes africanos a hacer lo mismo. Mal visto por los franceses, en octubre fue asesinado. Los dictadores amigos de Europa y Estados Unidos amasan grandes fortunas y, de paso, sirven para reforzar el relato: si la ayuda humanitaria o las reformas del FMI no funcionan es porque hay unos señores africanos robando mucho dinero. El sistema es perfecto, los africanos no. Completamente absueltos, ambos sistemas siguen funcionando aunque sus predicciones de éxito lleven décadas fracasando.

La colaboración desde los 90 entre ONGs y Banco Mundial no ha parado de aumentar

Es en este punto donde los trabajadores humanitarios podrían clamar que el FMI y el Banco Mundial son instituciones atroces, que ellos mismos detestan y que han criticado desde sus ONG en numerosas ocasiones. Es cierto. Como también lo es que son los propios estados los que complementan su acción exterior regando de millones las organizaciones humanitarias. ¿Cómo decir que no tienen nada que ver con la política? ¿Cómo puede una ONG española decir que no es asunto suyo el acuerdo de pesca firmado por la UE con Senegal? Pagar a 55 euros la tonelada de atún cuando este puede superar los 1000 en el mercado internacional es saquear a los senegaleses. Cuando el país no tenga dinero para pagar educación, ahí estarán voluntariosas ONG enseñando a los pobres africanos, con sello de cooperación española.

La colaboración desde los 90 entre ONGs y Banco Mundial no ha parado de aumentar. Alguien tenía que cubrir los espacios dejados por los médicos despedidos. Fue aquí donde la industria humanitaria hizo su particular gran salto adelante para cubrir el vacío. El nuevo equilibrio dejó una realidad extraña: en una democracia, los ciudadanos pagan impuestos y eligen a los representantes que gestionen su dinero y, si no lo hacen bien, pueden votar a otros. Si los millones del presupuesto nacional llegan de fuera, los políticos pueden olvidarse completamente de sus ciudadanos, que pasan a ser simples súbditos. Hay ONGs que denuncian los escasos avances de la democracia en África sin tener nunca este factor en cuenta.

Ante este panorama, no es raro que muchos médicos africanos se vayan a trabajar a otros países. De esta manera, los países pobres regalan sus mejores cerebros a sus acreedores. Las cifras superan el 50% en algunos países. Los africanos siguen necesitando médicos, maestros y técnicos, con lo cual sus países se llenan de expertos extranjeros. El 40% de la ayuda acaba en los bolsillos de las consultoras, según el Banco Mundial. Es aquí donde podemos plantear otras preguntas: ¿Es humanitario que un país pobre pague 2500 dólares a un médico francés cuando tenía a un médico local que podía hacer el mismo trabajo por 200? ¿Tiene lógica despedir funcionarios porque -según el FMI- cobran demasiado y luego pagar sueldos europeos a sus sustitutos? ¿Tiene sentido que un maestro enseñe a alumnos kenianos si ni siquiera habla su idioma ni conoce su cultura? ¿Es posible que un maestro keniano pueda hacerlo mejor?

Plantear estas preguntas es considerado una ofensa a los sacrificados cooperantes occidentales. Tras décadas de descolonización, simplemente no imaginamos un futuro en el que los africanos puedan montarse la vida sin nosotros.

La situación nos remite a la novela “Todo se desmorona” de Chinua Achebe. La historia transcurre en Umuofia, un pueblo africano de lo que hoy sería Nigeria, antes de la llegada de los ingleses. Cuando estos llegan, un cura, Mr Brown, respeta las tradiciones locales, construye una iglesia donde ayuda a los marginados y realiza una serie de acciones que podríamos considerar positivas. De esta manera consigue normalizar su presencia en el pueblo. Al poco tiempo, es sustituido por Mr Smith que se comporta como un tirano: empiezan las detenciones y las torturas, y las tradiciones locales son, por supuesto, prohibidas. Umuofia ya ha cambiado para siempre. Mr Smith y Mr Brown son devotos, creen en lo que hacen y son, por encima de todo, ingleses. Conclusión: cuando uno cede su libertad, pasa de sujeto a objeto, y tal vez lamentará la decisión cuando se vea enfrentado a un poder despótico. Mientras tanto, las pretensiones de buena voluntad permitirán que el conjunto se defienda como una obra positiva y que, después de todo, la rueda siga girando.

Gracias a las ONG muchos niños comen, es innegable. También algunos niños se educaban gracias a la iglesia en las misiones coloniales, pero pocos defienden ya -oficialmente al menos- el colonialismo. Tras medio siglo de fracasos, ha llegado el momento de desacralizar las ONG y tratarlas como lo que son: empresas que ofrecen un producto, difuso, que no se puede tocar, pero que llena el corazón. La solidaridad, un mundo distinto, la idea de que se pueden cambiar las cosas si abres tu alma y tu bolsillo. Es tan atractivo como falso. A veces vemos síntomas de la realidad (Oxfam y sus altos cargos violando niñas pobres), pero pocas veces nos detenemos a analizar el sistema entero.

Mr Smith y Mr Brown se necesitan mutuamente, y aunque personalmente puedan llegar a despreciarse, forman parte del mismo proyecto. La industria humanitaria y el FMI son dos caras de la misma moneda. Es por eso que si la industria humanitaria occidental desapareciera por completo, los únicos en lamentarlo serían sus trabajadores.

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Jaume Portell

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