La UE, premiada con el Nobel de la Paz en 2012 (Foto: Comisión Europea)

El cártel de la paz en Europa

“Fundamentalmente, creo en la paz y en golpear dos ladrillos entre si” – Mr. Gumby (Monty Python)

Cuando el proyecto europeo se tambalea, se nos recuerda su naturaleza fundamental: la unión surgió para evitar la guerra. Como relato fundacional es hermoso, pero sobretodo útil: conduce a no cuestionar la esencia del proyecto común. Por lo menos, es mucho más romántico que pensar que la idea de crear un mercado común en el continente fue impulsada por los Estados Unidos y materializada a su medida.

Atadas las servidumbres europeas con crédito fácil (el Plan Marshall) a las industrias estratégicamente seleccionadas -por ellos-, plagado el continente de bases militares norteamericanas, controlada la bestia alemana y conjurado el socialismo (con una Alemania Occidental que prohibía la huelga y el partido comunista mientras dejaba a excargos nazis en el poder) , empezó la “construcción europea”.

Hay algo de cierto, sin embargo, en las motivaciones pacifistas del proyecto común europeo. Desde la primera unión económica, la del carbón y del acero en 1951, los miembros del club no han guerreado entre si. Nos congratulamos por los casi 75 años de paz ininterrumpida, lo que es como si el Ku Klux Klan se felicitara por no haber matado a ningún blanco. Los miembros de la Unión Europea han acabado, sí, con los conflictos armados en el interior de sus fronteras. Pero ¿somos un ejemplo de paz?

Mantener a las excolonias sometidas, actuar como una extensión de la política exterior norteamericana y garantizarse el acceso a recursos estratégicos (más del 90 % del petróleo y más del 50 % del total de energía que necesita Europa es importada) son los ejes de las relaciones internacionales de la Unión Europea.

Desde 1951 no ha habido ni un solo instante en el que al menos uno de los miembros de las instituciones europeas no estuviera involucrado en un conflicto armado, ya fuera como beligerante, como miembro de una alianza o suministrando armas. Ni un solo instante.

En 1951 Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Holanda y Luxemburgo fundan la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, la semilla de lo que acabaría siendo, en 1958, la primera Comunidad Económica Europea (CEE), precursora de la UE. En ese periodo, en el mismo momento de su fundación, nos encontramos a una Francia intentando conservar sus colonias en Indochina a base de matar a vietnamitas, camboyanos y laosianos. Esta guerra de los franceses -eclipsada por la norteamericana que la siguió-, luchada en gran parte por vietnamitas del sur y por africanos de las colonias, costó la vida a medio millón de indochinos, principalmente, vietnamitas.

Aunque la ONU no actuó en defensa de Vietnam, Laos y Camboya frente a la guerra de ocupación francesa, sí lo hizo contra la mitad comunista de Corea cuando esta invadió a la mitad sur. Bajo mandato de la ONU soldados de Bélgica, Francia, Luxemburgo y Holanda, casi el pleno de miembros de la CECA, combatieron en defensa de Corea del Sur en una guerra liderada por Estados Unidos . Alrededor de dos millones de personas perdieron la vida en esos tres años.

Sin olvidar los bombardeos franco-británicos sobre Egipto, en apoyo de Israel y de los propios intereses comerciales tras la nacionalización del canal de Suez por parte de Nasser. La ONU, esta vez, no vio la necesidad de llamar a la guerra contra Reino Unido y contra Francia en defensa del país agredido.

Pero volvamos al “solo” de los franceses. Los argelinos se cansaron de los valores republicanos y Francia no tuvo más remedio que enviar al ejército para mantener el orden y enviar a la tumba a otro medio millón de personas en una guerra que duró 8 años y que culminó con la independencia de Argelia.

Uno de los miembros ilustres del club, Bélgica, en cuya capital se encuentran las instituciones más importantes de la Unión Europea, tiene en su historia reciente la poca vergüenza de, tras más de un siglo de fechorías, esclavitud y exterminio, no haberse ido pacíficamente de su colonia en Zaire (actual República Democrática del Congo) sin disparar un tiro. Además, los belgas ayudaron a asesinar y a disolver en ácido al líder congoleño democráticamente electo (Patrice Lumumba) y, tras seis años de conflicto armado, a poner a un dictador en su lugar (Mobutu) para los 30 años siguientes (muy amigo, cosas de la vida, de multinacionales y bancos europeos).

Tampoco querían irse los holandeses de sus colonias en Indonesia, defendiendo con las armas su permanencia en la isla de Nueva Guinea contra el líder anticolonialista indonesio Sukarno . Este, tras vencer a los holandeses, aceptó la autodeterminación del territorio en un referéndum que no pudo realizarse al ser sustituido al frente del país por el sanguinario dictador Suharto, patrocinado por Occidente y paladín de la limpieza de comunistas en Asia (decenas de miles de asesinados y desaparecidos). Las listas con los nombres de personas a las que asesinar eran elaboradas por los Estados Unidos.

En los 70, Reino Unido se estrena como miembro de la “Europa de la paz” mientras se encuentra en plena intervención militar en apoyo del sultanato de Omán contra una revolución socialista. Levantados ante la represión del sultán y contra un gobierno -formado por ministros británicos- que mantenía vigente la esclavitud, los rebeldes se toparon con la represión militar inglesa y sus bombardeos sobre enclaves civiles.

La guerra secreta en Omán terminó en 1975, año en el que empezó la invasión marroquí-mauritana con apoyo explícito francés, además de logístico, de un Sáhara Occidental abandonado al exterminio por España. El conflicto armado, que se alargó hasta 1991, contó con bombardeos franceses y con lanzamiento de Napalm y fósforo blanco sobre las columnas de refugiados, y dejó el territorio dividido por un muro minado y militarizado por Marruecos, a la mitad de los saharauis en campos de refugiados en Argelia y a la otra mitad bajo ocupación marroquí.

En 1982, los ingleses se lanzaron a machacar a los argentinos en respuesta a su invasión de las Malvinas. A la junta militar argentina, creyéndose bajo amparo norteamericano por sus acciones terroristas en Centroamérica patrocinadas por la CIA, le salió mal la jugada y el conflicto se saldó con cerca de 1.000 muertos entre ambos bandos.

En los 90, cuando la Guerra Fría se apagaba y el socialismo dejaba de ser una amenaza, el tablero global abría nuevas oportunidades para la expansión del Imperio. Primero una gran coalición para defender a Kuwait de la agresión iraquí, que se vendió como una guerra relámpago aunque se siguiera bombardeando a los iraquíes durante la administración Clinton.

Alemania, ya reunificada, se uniría al juego militar apoyando al pro-nazi croata Tudjman y al fundamentalista islámico bosnio Izetbegovic, además de suministrar armas y de entrenar a mercenarios muyahidines en las guerras de Bosnia y de Kosovo que siguieron a la de Croacia.

La sangrienta desintegración de Yugoslavia, aquella en la que el mayor pecado de la Unión Europea fue, supuestamente, su “ausencia”, incluyó la cobertura de limpiezas étnicas contra los serbios, centenares de miles de refugiados de todos los bandos, bombardeos sobre la población civil y de paso la voladura de la embajada china, todo cortesía de la OTAN, participada por los miembros de la ya por aquel entonces Unión Europea.

A principios de los 90, además, Francia se había dedicado a armar, a entrenar y a alentar a los hutus que en 1994 cometerían el genocidio de casi un millón de tutsis en Ruanda, para después ayudarlos a pasar la frontera hacia el Congo e incluso cobijar a algunos de ellos en el mismísimo territorio francés. Al fin y al cabo, para Miterrand, “un genocidio en estos países no es tan importante”.

Los franceses, que ya habían apoyado al dictador chadiano Hissene Habré en su conflicto armado contra la injerencia de Gadafi desde Líbia, ayudarían a sofocar militarmente una rebelión en Yibuti poco antes de que la OTAN tomara el control de Albania ante la revuelta popular que surgió como respuesta a la estafa masiva derivada de la desregulación financiera que siguió al fin del socialismo.

La mayoría de miembros de la UE (ampliada otra vez en 1995) combatió también a principios de los 90 por medio de la OTAN contra distintas facciones rebeldes (muchas de ellas yihadistas) en Somalia, que acabaría siendo entregada a señores de la guerra a sueldo de Estados Unidos y proclamada “estado fallido”, a pesar de haber conseguido la soberanía alimentaria en los 70 , cuando todavía no había seguido los “consejos” del FMI y del BM.

Somalia, como paradigma de “estado fallido”, merece una breve digresión: El país era conocido en los 60 como “la Suiza de África” por su desarrollo tras la descolonización. Hasta que Barre, un dictador amigo de la URSS primero, y de Estados Unidos después, eliminó todo rastro de democracia y emprendió todas las reformas económicas exigidas por el FMI y el BM, hundiendo al país en la miseria. La extrema pobreza inducida a los somalíes, junto con el uso por parte de Occidente de las ONG para volcar su excedente de productos alimentarios en países pobres –destruyendo de paso el sector agrícola de Somalia-, además del saqueo persistente del petróleo y del pescado de sus costas por buques occidentales, generó “poca simpatía” hacia Occidente. Un levantamiento popular derrocó a Barre y le siguió la guerra civil, la intervención militar internacional y un gobierno sin autoridad. Hoy son piratas los pescadores somalíes que tratan de recuperar sus aguas, mientras que las empresas que se aprovechan del estado de caos para llevarse los recursos son “inversores extranjeros”.

Poco antes del 11-S tropas de la OTAN entraban en Macedonia para pedir a los terroristas del ELK que, en lugar de atacar enclaves macedonios, se despojaran voluntariamente de las mismas armas que las potencias occidentales les habían dado para luchar en Kosovo. Estos “freedom fighters” -en jerga occidental- habían entrado en Macedonia procedentes del mismo Kosovo bajo administración militar, policial y judicial de instituciones europeas, de la OTAN y de la ONU.

Y justo cuando parecía que China iba a ser el próximo en pagar los platos rotos, dos aviones se estrellaron en el corazón de Nueva York y la OTAN empezó a masacrar a afganos a pesar de que los talibanes se ofrecieron a entregar a Bin Laden si había garantías jurídicas. Bush y sus socios europeos se lanzaron a una guerra contra unos pastores de las montañas a los que ellos mismos habían aupado al poder y que acabaría con Obama matando al ex agente de la CIA Osama Bin Laden y lanzándolo al mar por no se sabe qué razón, privando a la posteridad de una de las evidencias más importantes para entender este inicio de siglo.

Al inicio de la década, sin embargo, Francia volvería a intervenir en África. Tres décadas después de haber aupado al dictador Blaise Campaoré en un golpe de estado contra el líder revolucionario (Thomas Sankara) que había conseguido un desarrollo récord para su país, Burkina Faso, a los costamarfileños, país vecino, no les sentó muy bien que el amigo de Francia apoyara una milicia rebelde al norte de su país. En Costa de Marfil, que tiene una moneda regulada en París y más de 1.000 empresas extranjeras (principalmente francesas) beneficiándose de sus recursos, el hecho de que la potencia colonial de facto ayudara ahora a destruir su país desde dentro hizo que los franceses no acabaran de caer simpáticos. La ola de violencia antifrancesa llevó a Francia a intervenir militarmente, porque una cosa es que tus amigos rebeldes maten a unas cuantas personas aquí y allá, y otra muy diferente es que el ejército del país agredido se cargue a algunos de tus soldados.

Y mientras la gente muere en la periferia del Imperio, en Europa nadie se pregunta de donde procede tanta riqueza en un continente sin apenas recursos. Nadie señala que las personas que engrosan las filas de grupos terroristas pueden estar albergando algún legítimo rencor por, por ejemplo, haber sido condenados a la miseria y a la muerte por empresas extranjeras que saquean sus tierras, por dictadores patrocinados por Occidente, por su moneda regulada en Europa, por su agricultura -su medio de vida- destruida por las políticas europeas, por las guerras sin nombre libradas en sus tierras, por malvivir en una relación de dependencia en la que si quieres recibir ayuda de las ONG occidentales, formadas por occidentales con sus sueldos occidentales, debes seguir obedeciendo y aplicando las políticas que te hunden más en la miseria.

Casi 70 años de paz en Europa. Hito histórico.

La cosa estaba tranquila a principios de los 2000. Persiguiendo a unos terroristas por ahí, bombardeando a unos costamarfileños por allá. Nada importante, hasta que “estalló” la guerra de Irak. Más de un millón de muertos en una guerra ilegal que pretendía evitar la “destrucción masiva”, basada en mentiras y que fue participada por varios miembros de la Unión Europea: Italia, España, Reino Unido, Dinamarca, Holanda. De las eficientes prisiones norteamericanas sobre el territorio acabaría saliendo el Estado Islámico que, no sin ayuda, se haría fuerte en Oriente Próximo.

Que Gadafi iba a masacrar a su propia gente, algo ya declarado falso por el Parlamento Británico, sirvió como pretexto a la OTAN para bombardear el país con la economía más sólida y con el desarrollo más sostenido del continente y promover el linchamiento de su jefe de estado, dejando en su lugar violencia, destrucción, un gobierno títere sin autoridad y la calificación de “estado fallido”. Líbia es hoy un infierno en el que prolifera la esclavitud y la violencia gracias, entre otros, a la Unión Europea.

A un movimiento que pedía un cambio de gobierno en Síria se le unieron varios grupos de fundamentalistas cortacabezas que en Occidente fueron presentados como “rebeldes moderados” y, cuando Al Asad intentó hacer con ellos lo que Occidente hace con todo aquél al que califica de terrorista, los Estados Unidos y sus aliados europeos se metieron de lleno a armar y financiar a los insurgentes. Alemanes y franceses se unieron a norteamericanos y turcos en su guerra contra el gobierno de Al Asad, apoyado por Rusia, en un conflicto que todavía dura.

Los rebeldes apoyados por terroristas a veces son buenos, a veces son malos, dependiendo, generalmente, de si el gobierno contra el que se rebelan es amigo o no tan amigo. En Mali los separatistas tuareg y sus aliados terroristas fueron indudablemente malos. Los franceses orquestaron una campaña militar en la que algunas fuentes aseguran que murieron más civiles que yihadistas. Los malienses que sacrificaron sus vidas lo hicieron por una noble causa: asegurar el control del uranio por la multinacional francesa Areva.

Con el apoyo de Alemania, Reino Unido y España, Francia prolongó su operación en África montando una operación de “estabilización” en la República Centroafricana tras el derrocamiento del dictador (Bozizé) que había llegado al poder con un golpe de estado apoyado por la propia Francia. Tras su caída, el estado de prácticamente guerra civil que atravesaba el país -interrumpiendo incluso las operaciones comerciales de Areva, ¡lo que faltaba!- llevó a una situación de violencia generalizada y a la intervención francesa.

Si el gobierno electo de Ucrania no acepta un acuerdo de asociación por no querer sacrificar las relaciones comerciales con Rusia que son la base de su economía, especialmente viendo como les ha funcionado a las repúblicas balcánicas que dieron este paso, apoyar un golpe de estado por grupos opositores afines que incluyen milicias paramilitares neo-nazis puede venderse como algo bueno en Europa. Las protestas en el este del país hicieron que el nuevo gobierno, aliado de la UE, enviara al ejército y estallara una guerra civil que aun dura y que provocó la separación de Crimea, que pasó a formar parte de Rusia tras un referéndum no aceptado por la ONU por no haber tenido el beneplácito del gobierno pro-europeo de Kiev.

Ahora le toca el turno a Yemen. Aunque sin participación militar directa, vale la pena resaltar que esta guerra en curso de Arabia Saudí, principal exportador de la ideología de los terroristas de Estado Islámico no habría sido posible sin las armas que países como España, Alemania y Francia suministran a la dictadura saudí y sin el silencio cómplice del 100% de los grandes medios de comunicación occidentales.

Y Palestina. Ese conflicto que es como un telón de fondo en los informativos internacionales. La Unión Europea financia a las empresas que construyen el muro que inspira al mismo Trump al que llama fascista, y a las empresas militares que hacen posibles los crímenes de guerra israelíes.

Resumiendo: en 66 años de “construcción europea”, sus miembros han participado directamente en conflictos armados en, por lo menos, Indochina, Corea, Egipto, Argelia, Zaire, Nueva Guinea, Omán, Sáhara Occidental, Malvinas, Irak, Croacia, Bosnia, Kosovo, Ruanda, Chad, Yibuti, Albania, Somalia, Macedonia, Afganistán, Costa de Marfil, Líbia, Síria, Mali, República Centroafricana, Ucrania, Yemen, Palestina. Un expediente algo abultado para una institución ganadora del Nobel de la Paz. Expediente que Barroso lanzó a la papelera de la historia al recibir el premio y explicar: “Como una comunidad de naciones que ha superado la guerra y que combate los totalitarismos, siempre estaremos junto a los que persiguen la paz y la dignidad humana”. Y sentenció: “Pueden ustedes confiar en nuestra labor en favor de una paz duradera, la libertad, la democracia y la justicia en Europa y en el mundo.”

Aplausos.

La paz en el mundo.

¿Acaso hay proyecto más noble?

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David M. Guarné

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