Aniversario de la declaración Schuman que inició la fundación de la UE

Contra los valores europeos

Uno de los aspectos más molestos de la llegada de Trump al poder es el renacimiento de la superioridad moral de la UE. Tras el fracaso material del proyecto, podríamos pensar que nos habíamos librado de ella para siempre, pero sus apologetas nunca descansan. Hay sueldos y prestigios mediáticos en juego. Ahora la propaganda se centra en el mundo de las ideas: Europa nació con una serie de valores que no deberíamos olvidar, y debemos recordarlos cuando nos encontremos ante tiempos sombríos. El problema de esa hipótesis es que es falsa. Cuanto más tiempo juguemos a defenderla, peores serán las consecuencias.

El fascismo y el racismo campan a sus anchas por Europa. La extrema derecha que se expresaba en petit comité ha ocupado el ágora pública sin problemas. Y se llama políticamente incorrecta. Y en algunos sentidos lo es: se atreve a decir, prácticamente en solitario, que el rey europeo anda desnudo. Los defensores de la UE dicen que nos hallamos ante un cuerpo escultural magnífico que debemos admirar mejor. La izquierda, antaño representante de lo políticamente incorrecto para reírse del statu quo, está enfrascada en debates de lenguaje, incapaz de proponer cualquier proyecto que mejore la vida de los más pobres. Por un lado, insulta la UE con sus epítetos de autoconsumo (neoliberal, neoliberal, neoliberal) y por el otro defiende la permanencia en ella. En caso de crisis, derecha e izquierda usan la misma expresión (los valores europeos) y proponen una misma solución (más Europa).

Pero Europa no tiene ningún motivo para alardear de valores. Y la situación actual no es una desviación de una visión humanitaria mantenida durante siglos. No hay que olvidar que la Revolución Industrial fue posible gracias a la desindustrialización forzada de la India, a la esclavitud de los africanos y a las materias primas del Nuevo Mundo conquistado a hostias. Ese es el punto de partida de la civilización industrial que nos dio la ventaja económica originaria, clave para explicar el mundo que vendría más tarde. El colonialismo que se expandió por Asia y África fue la consecuencia directa de la necesidad de materias primas que alimentasen el crecimiento europeo. Para justificar la invasión, la tortura y el asesinato, y a la vez mantener un discurso civilizatorio, nos inventamos el racismo. ¿Cómo justificar que los descendientes de la Ilustración pudieran asesinar a hombres, mujeres y niños?, ¿Cómo justificar el robo y la tortura? Explicando que las víctimas no eran humanas. O que si lo eran, lo eran de un tipo inferior. Y así hasta hoy.

El fascismo no fue más que la aplicación de esos principios en casa. Y entonces, ahí sí, algunos se escandalizaron. El filósofo Aimé Césaire denunciaba que lo que realmente indignaba del Holocausto era haber dado a gente blanca el trato que hasta entonces se había reservado a las poblaciones nativas de las colonias. A día de hoy todos sabemos qué pasó con los nazis y decenas de películas nos recuerdan el Holocausto. Casi nadie sabe que millones de personas han muerto en el Congo, un conflicto que siguió cronológicamente al genocidio tutsi en Ruanda. Explicamos esos muertos desde un prisma étnico y los lanzamos a la papelera de la historia. Una vez más, el racismo, tan despreciable a priori, y tan útil. Ese silencio no es ninguna conspiración decidida en despachos de hombres malvados, nos sale de forma automática, sin pensar.

Estén tranquilos, el fascismo y el racismo no han vuelto

El fascismo y el racismo no han vuelto a Europa. Por un motivo muy simple: nunca se habían ido. Elijamos por un momento la fundación de la UE. Ese momento celestial en que los políticos europeos, imbuidos de sentido de estado, decidieron que la guerra ya no sería una salida. Nunca más. Uno de ellos, Robert Schuman, votó a favor de dar plenos poderes al Mariscal Pétain, colaboracionista nazi en el gobierno de Vichy. Una serie de países decidieron que era el momento de promover la democracia y los derechos humanos en el mundo. Aunque África, seguramente, no era el mundo. Allí los miembros fundadores (Bélgica, Francia) tenían colonias donde se explotaba en su nombre. En Alemania Occidental, miembros del partido nazi fueron rehabilitados y colocados en puestos de importancia. Y qué decir de las empresas: ningún demócrata mainstream lo reconocerá, pero el nazismo fue la mejor forma de desarrollo capitalista para Alemania. BMW, Volkswagen o IG Farben (ahora Bayer) difícilmente habrían encontrado trabajadores tan baratos como los judíos hacinados en campos de concentración. Los alemanes, a diferencia de belgas y franceses, no tenían mano de obra colonial a la que explotar ya que habían perdido sus posesiones durante la I Guerra Mundial. La economía de los miembros fundadores descansa en parte sobre la acumulación de capital hecha sobre los hombros de judíos y negros esclavizados hasta la muerte. Hoy todas esas empresas son respetables instituciones que crean empleo.

El racismo, siempre tan trasversal, siempre tan flexible, ha construido un discurso que puede manifestarse instintivamente al leer las líneas anteriores: “¡Ya basta de culpar al colonialismo! ¡Ya basta de culpar siempre a Occidente por lo que hizo en el pasado! ¡Ya basta de culpabilizarnos por todo!”. Tales sucedáneos ideológicos requieren ignorar que la economía colonial (venta de materias primas, compra de productos manufacturados) resistió a todas las independencias políticas ficticias, que las potencias europeas (en especial Francia) garantizaron que los países quedaran en manos de dictadores, y que los tratados de la UE refuerzan todavía más esa tendencia. Hoy, ahora, mañana. El africano que se rebele, será torturado por los policías entrenados y armados por Europa. El político africano que se rebele, hará compañía a Sankara y a Lumumba en el cementerio, o irá directo al TPI de la Haya después de ser sustituido por un títere cuyo currículum en derechos humanos sea similar (como sucedió en Costa de Marfil en 2011).

El apoyo al fascismo y al terrorismo constituye otra de las líneas maestras del proyecto europeo. La venta de armas a yihadistas en Siria o Libia son el ejemplo más cercano. Libia, hoy estado fallido, se ha convertido en puerta de entrada para miles de refugiados e inmigrantes. En Ucrania, el apoyo a grupos neonazis mientras se celebraban los 70 años del fin de la II Guerra Mundial en Bruselas desbloqueó un nuevo logro en el campeonato mundial del cinismo. Que Svoboda ocupara puestos de responsabilidad o que Pravy Sektor – una milicia que defiende la limpieza étnica- tenga apoyo del gobierno ucraniano no es propaganda prorrusa. No hay que ser un esbirro de Putin para darse cuenta de que a Europa las limpiezas étnicas le importan poco si eso puede ayudar a sus intereses geoestratégicos. Fue François Miterrand quien dijo, después de armar a hutus genocidas en Ruanda, que un genocidio en esos países no es demasiado importante.

Otra demostración de los genuinos valores europes es Hashim Thaçi. Considerado terrorista por el Departamento de Estado de EE UU, desapareció mágicamente de la lista a mediados de los 90 después de recibir armas y apoyo logístico del mundo occidental. Después de cometer hazañas como vender órganos de prisioneros, se convirtió en primer ministro del Kosovo independiente y ahora es su presidente. Tras entregar los bancos del país a Alemania y privatizar todos los servicios, Kosovo tiene un 60% de paro juvenil y es líder regional en tráfico de opio. Esto último se podía ver desde lejos, ya que el KLA (Kosovo Liberation Army), el grupo al que Thaçi pertenecía en los 90, era uno de los principales dinamizadores del negocio. Todo ello no impide que el presidente kosovar sea recibido por la Comisaria de exteriores europea, Federica Mogherini, en Bruselas.

En el Este de Europa afloran los partidos de extrema derecha. Especialmente beligerantes son los ultraconservadores religiosos en Polonia. El eurodiputado polaco que señaló la inferioridad de las mujeres, Janosz Korwin-Mikke, es una de sus muestras vintage. El partido gobernante de Polonia rechaza a los refugiados y persigue el aborto y la libertad de prensa. El idolatrado Lech Walesa es un reconocido homófobo. Algún día Europa tendrá que reconocer que su operación anticomunista en Polonia fue una cruzada conjunta con el fundamentalismo católico. No es la primera ni será la última historia de monstruo hinchado por los valores europeos. El penúltimo ministro de cultura croata es un simpatizante de los ustashe, croatas pronazis cuyos campos de concentración durante la II Guerra Mundial acabaron con la vida de miles de serbios y judíos. Nadie podría imaginar la aparición de un estado con tintes reaccionarios cuando Europa apoyaba al croata Frandjo Tudjman, admirador de Franco, en los 90.

Europa occidental siente la llegada del fascismo dentro de sus fronteras. Hasta el momento, esto no ha sido más que otro pretexto para seguir ganando dinero. La investigación de la jurista Claire Rodier, ‘El negocio de la xenofobia‘, explica como el aumento de gasto en seguridad beneficia a un pequeño grupo de empresas (incluida la española Indra). El modus operandi es sencillo: la UE saca concursos de investigación adjudicados a las mismas empresas que luego le construirán las vallas, las armas y las infraestructuras necesarias para frenar a migrantes y refugiados del mundo entero. Es una oportunidad de beneficios creciente, aunque fracasada en su intención final: el aumento de gasto militar no ha disminuido el número de llegadas, simplemente las ha redirigido hacia otras rutas más peligrosas. Más que un problema, eso significa más dinero para las empresas. El racismo y el miedo son business friendly.

Europa, el barrio pijo del mundo, juega a hacerse la ofendida. Esperaba que el saqueo del mundo entero no le afectara en absoluto. Creía que podía hacerse con todas las riquezas del planeta sin que los habitantes de esas regiones se movieran de sitio; impuso a dictadores y les vendió armas para que controlaran sus respectivos gallineros. En casa, difundía propaganda sobre los 80 años de paz en Europa. Nunca repudió el racismo, lo usó para justificar la explotación. Por eso resulta tan cínica la apelación cíclica a los valores europeos, a recuperarlos. Afrontémoslo de una vez: los valores europeos son el beneficio a toda costa. El saqueo, la violación, la imposición, los golpes de estado, las guerras, la venta de armas, las invasiones y el terrorismo son los auténticos valores europeos. Siempre lo han sido. Solo cuando seamos conscientes de ello podremos repudiarlos y crear algo distinto. Hasta entonces, podemos pedir ‘más Europa’ y ver como, efectivamente, nos la sirven en bandeja.

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Jaume Portell

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