Tiranos con excelentes relaciones con la Unión Europea (II)

Las relaciones postcoloniales de la Unión Europea con algunos países africanos dejan mucho que desear en cuanto a democracia y Derechos Humanos. Repasamos la connivencia occidental con los gobiernos de Camerún, Gabón, Togo, Congo y Ruanda.

“Valdría la pena estudiar en detalle los pasos recorridos por Hitler y el nazismo para revelar a la muy distinguida, muy humanista, muy cristiana burguesía del siglo XX que, aunque ellos no lo sepan, tienen a un Hitler dentro suyo, que Hitler habita en ellos y es su demonio interior. Que si se sitúan en su contra están siendo incongruentes y que lo que no pueden perdonar a Hitler no es el crimen en sí mismo, el crimen contra un hombre, no es la humillación de un hombre, sino el crimen contra un hombre blanco, la humillación de un hombre blanco, y que él aplicara a Europa los procedimientos colonialistas que hasta entonces habían sido reservados exclusivamente a Argelia, la India o África.” Aimé Césaire

La lista sigue y decidimos quedarnos en África para observar dónde están los valores europeos. Son buenos tiempos para hacer un análisis y para preguntar a la progresía europea dónde se encuentran esos valores y, sobre todo, en qué consisten. La idea común es asociar Europa a los derechos humanos, el respeto a la libertad y a la democracia. La Ilustración y las luces. En su discurso contra el colonialismo, Aimé Césaire pone a Europa ante el espejo, y no salimos muy bien favorecidos. Más de medio siglo después de su discurso, aquí encontramos a algunos de los capataces del colonialismo. Cinco dictadores africanos que seguramente no tengan problemas para morir en la cama después de décadas en el poder.

Paul Biya (Camerún)

El dictador de Camerún lleva más de treinta años en el poder. Presidente desde 1982 en un país que, durante la independencia, vio como Ruben Um Nyobé, un sindicalista con un discurso marcadamente anticolonial, era asesinado. Su heredero político, Felix Moumié, también fue asesinado en 1960 por encargo de los servicios secretos franceses. Durante esos años nacería el concepto de Françafrique, la doctrina según la cual las excolonias francesas se mantienen bajo la órbita de París. Fruto de ellos es la moneda común de 14 países, el Franco CFA, cuyo banco central se encuentra en Francia. ¿Se imaginan vender algo a alguien con todo el poder político y económico que, a su vez, tuviera capacidad para decidir cuánto vale el dinero que usted tiene? Bienvenidos al Franco CFA.

Biya se ha instalado con relativa facilidad siguiendo el patrón de cualquier dictador africano que quiera mantenerse en el poder: apertura de las materias primas a las multinacionales extranjeras y en casa haz lo que quieras. Represión de la oposición, violación de la libertad de prensa o corrupción flagrante nunca son cargos suficientemente graves para hacer tambalear un gobierno si tienes a los amigos adecuados. Las exportaciones de petróleo, café y cacao son las que permiten la entrada de divisas en las arcas camerunesas. Biya ostenta una fortuna que ronda los 200 millones de dólares, es el hombre más rico de Camerún y pasa largas temporadas fuera del país: en 2011 sus vacaciones gastando 40.000 euros en hoteles de lujos franceses le valieron el mote de “el presidente ausente”. En su país, la renta per cápita anual no llega a los 1500 euros y el 40% vive por debajo del umbral de pobreza. Pero los premios nunca cesan para Paul Biya: apareció en la revista “People with Money” como el presidente que más cobra del mundo, ha sido condecorado con la Gran Cruz de la Legión de Honor en Francia y es Doctor Honoris Causa de la Universidad de Maryland en Estados Unidos.

Alí Bongo (Gabón)

Alí Bongo demuestra que la ternura familiar también tiene su sitio en la política. Hay pobres que no heredan nada, la mayoría; hay gentes más pudientes que heredan una casa en la sierra o un coche; y luego hay los elegidos, la categoría del señor Bongo, que heredan países. Alí es el hijo de Omar Bongo, quien durante prácticamente medio siglo gobernó el Gabón independiente, al menos de cara a la galería. Desde 1970 el Banco Mundial les ha incluido en la categoría de “renta media” con 14.000 dólares de media entre sus habitantes. Pese a eso, el reparto de la riqueza hace que un tercio del país viva en la pobreza. La pregunta, como en otros países productores de petróleo (Angola, Nigeria o Guinea Ecuatorial) es qué pasará cuando se agote. En Gabón la respuesta seguramente se encuentre en las minas de manganeso y en sus bosques (madera). Omar tuvo siempre a los franceses de su lado: le rescataron de un secuestro en 1964 y le ayudaron a vencer los movimientos a favor de la democracia en los 90.  Omar murió en una clínica de Barcelona en 2005, pero su estilo de gobierno se mantuvo: el gobierno  repartió la riqueza del país entre los ejecutivos de Elf y una pequeña élite que animaba la vida de los restaurantes de lujos y los hoteles de Libreville, la capital del país. Gabón, mientras tanto, no vivía demasiados cambios. Alí, su hijo, lleva prometiendo reformas desde que llegó, y eso le ha permitido llegar a ser recibido en la Casa Blanca por Barack Obama. El pasado agosto dijo que compartiría la riqueza de su padre con los jóvenes gaboneses, pero el presidente sigue sin responder cuál es el origen de esa riqueza.

Cuando murió, Nicolas Sarkozy, quien en una ocasión destituyó a un ministro francés que había denunciado la corrupción de Bongo, asistió al funeral de Bongo, donde fue abucheado por los gaboneses. Los medios locales, sin embargo, explicaron que fue recibido entre aplausos. Todo en orden.

Fauré Gnassingbe (Togo)

El amor de Bongo por su hijo sólo es comparable a lo vivido en Togo. Allí gobierna Fauré Gnassingbé después de heredar el poder en 2005 de su padre, Gnassingbé Eyadema. La transición independentista en Togo también fue convulsa: Sylvanus Olympio fue asesinado en 1963 tras una serie de polémicas con el ejército. Entra Grunitzky a la escena, pero no dura mucho. En 1967, el jefe del ejército que le había ayudado a llegar al poder le dio un golpe de estado. Desde ese año y hasta su muerte fue el presidente de Togo resistiendo cualquier embate. Uno de los pilares de la Françafrique, su marcado anticomunismo le permitió ser el referente para otros dictadores del continente como Mobutu Sese Seko en el Zaire. Su país, rico en fosfatos, cacao y algodón, queda arruinado, al igual que otros productores de algodón africanos, por las políticas proteccionistas europeas. Los europeos, sin embargo, hacen buenos negocios en Togo. El presidente español Zapatero visitó el país en 2009, y de hecho la ley que abolió la pena de muerte se conoce como la “Ley Zapatero”. En ese momento Progosa, una empresa española, se jugaba la concesión del puerto de Lomé, la capital del país. Otro viaje, en este caso de Sarkozy, seguramente fue más fructífero: la empresa de Vincent Bolloré, empresario francés muy cercano a Sarkozy, consiguió adjudicarse el puerto, pese a las protestas de Progosa, que llevaba años denunciando la desestabilización por parte de los franceses.

Faure Gnassingbe gana elecciones de dudosa credibilidad, la renta per cápita es de 850 dólares anuales y casi el 60% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. La UE asiste a las elecciones, da su visto bueno y la vida continúa. Y la dinastía inaugurada por Gnassingbe Eyadema sigue teniendo el país bajo control.

Denis Sassou Nguesso (República del Congo)

El político más pragmático de la lista. Denis Sassou Nguesso fue escalando en la jerarquía del Partido del Trabajo del Congo, partido único del Congo comunista. La retórica marxista convivía con el hecho que Elf y las compañías occidentales explotaran el petróleo del país. Cuando acabó la Guerra Fría Europa exigió planes de “democratización” a las dictaduras africanas. La mayoría se resolvieron con elecciones que mantuvieron a los sátrapas en el poder, pero Congo-Brazzaville fue de las pocas excepciones. Sassou Nguesso quedó tercero con el 17% de los votos. Tras cinco años en la oposición, recuperó el poder con una guerra que duró cuatro meses. En el bando de Nguesso estaban, entre otros, los Interhamwe ruandeses, que venían de cometer el genocidio en su país y el ejército angoleño (en 2000 se destapó el caso ‘Angolagate’ que recibía armas para defender los intereses franceses en África, un caso que salpicó al hijo del presidente Miterrand).

Con la guerra ganada y con la fachada marxista tirada a la basura, Sassou ha acumulado millones y propiedades en Europa. Hace un año Le Monde destapó que una sociedad en Ginebra, a nombre del hijo del presidente, tenía el derecho exclusivo de exportación del petróleo congoleño. Su hijo, Denis-Christel, no descarta heredar el país: “Tengo los mismos derechos que los demás congoleños. No debe ser considerado como un acto ilegítimo que me presente por ser el hijo del presidente”. Mientras tanto, la esperanza de vida en el país es de 59 años, y el 53% de la población vive con menos de 3 euros al día. La semana pasada la UE inauguró un nuevo canal de noticias, Africanews, en Brazzaville: será curioso ver cómo explica este canal que el presidente haya cambiado la Constitución para poder perpetuarse en el poder. Hollande, demostrando que los franceses no se meten nunca en los asuntos internos de los países africanos, dijo que Sassou Nguesso “tenía derecho a consultar a su pueblo y respetar el resultado”. La consulta fue un fraude y Sassou ejecutó su último truco para mantenerse en el trono.

Paul Kagame (Ruanda)

Después de negarse a intervenir en Ruanda en 1994, Occidente guardó una relación muy especial con este país. Paul Kagame, el hombre que gobierna de facto el país desde hace más de veinte años, sólo hizo que recibir elogios. Descrito como “uno de los mejores líderes africanos de nuestro tiempo” (Bill Clinton) o como “un visionario” (Tony Blair), ha sido laureado por Starbucks, Bono y la prensa occidental. Un periodista americano, Philip Gourevitch, llegó a compararlo con Abraham Lincoln. Ciertamente, es posible que Kagame nos conozca más que nosotros a él. Ruanda ha sorprendido al mundo por ser uno de los parlamentos con más mujeres del planeta. Eso, sumado a la apuesta por las nuevas tecnologías y su gestión razonable de las ayudas internacionales le convirtieron en nuestro hombre favorito en los Grandes Lagos.

Sin embargo, el Abraham Lincoln africano tiene a la única mujer que podría disputarle la presidencia, Victoire Ingabire, en la cárcel desde 2010. El postgenocidio de Ruanda, con miles de hutus huyendo al Congo, acabó con Kagame inmiscuyéndose de forma continuada en el este del Congo, una de las zonas más ricas en minerales del planeta. Las milicias apoyadas por Kigali saquearon, violaron y asesinaron a miles de personas ante el silencio de la comunidad internacional. Susan Rice, responsable de asuntos africanos en Washington llegó a decir: “Kagame sabe cómo resolver el asunto de los refugiados, lo único que tenemos que hacer es mirar hacia otra parte”. Desde 1996 han muerto 6 millones de personas en Congo. Tras varios informes de la ONU acusando a multinacionales occidentales de cooperar en la financiación de los rebeldes, Occidente ha empezado a mover ficha y denunciar verbalmente los excesos de Kagame. Sin embargo, el pasado 8 de mayo, un representante de la UE en visita oficial a Ruanda destacó el rol que el país había jugado en “la estabilización de la región, su contribución a las misiones de paz en África y su lucha contra las violaciones contra las mujeres”.

Un informe de Naciones Unidas citado por el New York Times explicaba que Kagame sigue activo en la zona: los rebeldes que atacan a Burundi, país con 250.000 desplazados desde el pasado mes de julio, han sido entrenados en Kigali, la capital ruandesa. Viendo la velocidad de reacción de Occidente, que tardó 20 años y 6 millones de muertos a criticar a Kagame, el presidente ruandés puede estar tranquilo. De hecho, el pasado mes de febrero fue invitado por la universidad de Harvard para impartir magisterio sobre democracia.

Además de lamentar la situación de los refugiados y los migrantes, habría que preguntarse si realmente han existido alguna vez esos valores europeos. Ciertamente no sería buena idea empezar a contar la historia a partir del esclavismo; en el siglo XIX y XX tenemos el colonialismo, e incluso después de las independencias africanas tenemos magnicidios, golpes de estado y ataques de los abanderados del libre mercado (FMI y Banco Mundial) y sus planes de ajuste estructural. Quizá los encontremos en la fundación de la actual Unión Europea, con una República Federal Alemana plagada de nazis en el poder o los belgas explotando sin piedad al Congo –incluido el asesinato y disolución en ácido sulfúrico del líder independentista Patrice Lumumba. Ante los datos, puede que la progresía encuentre motivos para seguirse reconfortando: “sí, todo eso es verdad, pero después de todo la UE es el mejor sitio en el que vivir”. Algo así como vaciar un plato de comida para llenar el nuestro y destacar nuestra insuperable cultura gastronómica. Descarnados, ahora sí, se presentan los auténticos valores europeos, los de siempre: matar por amor a la democracia, torturar por los derechos humanos e invadir por la libertad de los demás; la negación perpetua a asumir la explotación ajena, negarla y barnizarla de discurso humanitario. Y decir que como aquí no se vive en ninguna parte.

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Jaume Portell y David M. Guarné

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